Desde mi ausencia, carta para ti Auserd

 

Mi querida Auserd, cuánto tiempo ha pasado desde que me separé de ti, hace más de treinta años. Sabes que no he podido olvidarte, a pesar de esas tres décadas que inicié con el éxodo el año 1975 y continué con el exilio y la diáspora en el extranjero.

 

Cuando salí huyendo aquella noche dejándote atrás en las tinieblas de la guerra, pensé que esta ausencia no podría durar más que varias semanas o un mes, pero mis cálculos eran los de un niño de 15 años. Fíjate que cuando preparé mi evasión, con el consentimiento de mi mamá y mi hermana, iba a llevar mi bicicleta pero al final mi opción estaba a la altura de mi infancia que dejé entre los valles de tus magnos montes, Bumarca, Buserz y Buguetalla. Decidí entonces no llevar nada salvo tus recuerdos, sembrados por siempre en mi corazón.

 

Te seré sincero en esta carta contándote lo que me ocurrió los primeros meses de mi huida entre la multitud de familias, que también iban dejando atrás sus casas, sus ciudades y sus pertenencias. Al principio pensaba que iba solo, pero después me fui encontrando en el camino del éxodo con amigos y otras gentes venidas desde diferentes ciudades, El Aaiun, Villa Cisneros, Argub, Smara, Bir Nzaran y hasta de ti, también había amigos huidos que te abandonaban, como yo. Sentía consuelo al encontrarme a conciudadanos y vecinos de nuestro barrio.

 

Mi madre fue quien me dijo "vete de aquí y rápate la melena porque si te cogen los soldados invasores te la van arrancar pelito a pelito"; la melena era símbolo de los jóvenes polisarios y yo no le hice caso en ese momento, pero pensando que podía ser cierto me la corté al cero la misma noche de mi evasión.

 

Pasé por los bombardeos de Um Draiga, me sorprendió el primero justo en el pozo donde nos estábamos abasteciendo de agua con los hermanos Jlil y Labat Slama, huidos también de mi pueblo, con quienes me encontré en el camino. Labat era mi condiscípulo en el colegio y amigo y nuestras familias vecinos y amigos. La familia Slama me cuidó hasta que llegué a los campamentos de refugiados en el sur de Argelia.

 

Estuve tres años estudiando en el norte de Argelia terminando el bachillerato en español con profesores saharauis, que hablaban el idioma igual o mejor que mis primeros maestros de primaria que eran españoles y a quienes recuerdo con todo el cariño de mi corazón, como Don Francisco y Don Emilio.

 

Querida Auserd,

 

me tuve que ir a Cuba a terminar mis estudios superiores. Allá conocí otro mundo diferente en paisaje a tus desnudos montes y dunas, cubiertos por aquellos finos vientos que a veces soplan para refrescarte del calor sahariano.

 

Allí me forjé como valedor de mí mismo. En ocasiones me sentía como huérfano cuando mis amigos recibían correspondencia de sus familias, fotos, ropa... yo sabía que tú y los míos estabais muy lejos, incomunicados y retenidos como escudos humanos en la ciudad. Pero siempre te tenía presente, junto con mis recuerdos de la familia, a veces soñaba que me llegaban cartas tuyas y que me contabas de mi familia y mi colegio.

 

Tantos años después cuál sería mi sorpresa, navegando por Internet me encontré con fotos tuyas de los años setenta hechas por un piloto y otras actuales de un observador de los cascos azules de Naciones Unidas. Qué hermosa estás, qué linda estás, como aprendí a decir en el Caribe. Te ves radiante con tus típicas faldas blancas, las bellas dunas que visten tus montes.

 

En la foto volví a ver los valles de Ayhfun, nuestros lugares de acampadas y excursiones con los maestros. Y vi Bumarca, con su marca pintada en blanco, con la media luna y las letras ATN (Agrupación Tropas Nómadas). Y vi Buserz, con sus miles de historias, muchas de ellas protagonizadas por nosotros en nuestras escaladas.

 

Querida Auserd,

 

me emocioné tanto al ver la entrada al patio de mi colegio, en esa foto que está tomada desde un avión. Se aprecia la torre del agua y el estanque donde salvábamos aves atrapadas durante el verano.

 

¿Recuerdas aquella centenaria talha, donde jugábamos al columpio colgados de sus fuertes ramas?, aún resiste, como resistimos nosotros lejos de ti. Te conté una vez que me escondí debajo de ella con mi hermanita Lehbeila, cuando se iba a marchar con mi hermana mayor a vivir en Villa Cisneros. Yo no quería y, aunque mi mamá me explicó que mi hermana mayor iba estar sola y necesitaría de ella hasta acomodarse y conocer amistades, yo la escondí para que no se la llevaran.

 

Al ver el bloque de casas colominas donde tuvimos nuestro primer hogar y la otra nueva que construyó mi padre a finales de 1974, me sentí como si allí estuviera en realidad junto a ti, nunca dudé de tu hermosura, preferida hija de Tiris, anfitriona de mis recuerdos de infancia. Me fijé detenidamente en el majestuoso cuartel donde tuve mi primer colegio y recordé mi primer regalo de Reyes, un parchís, tenía cinco años, y mis maestros trajeron una acacia y la montaron en el patio del colegio, la llenaron de colores y luces. Yo no entendía el motivo pero lo sentía muy bonito y me gustó mucho el regalo y la fiesta.

 

Sobre el cuartel se veía la bandera de España. Eran otros tiempos, al menos vivíamos en nuestras casas y contigo, Auserd, aunque me hubiera gustado que aquella bandera fuera la saharaui, para que nunca se hubiera izado la roja manchada de nuestra sangre, la bandera del invasor marroquí; significaría que España habría cumplido con sus obligaciones ante el mundo y nosotros los saharauis.

 

Querida Auserd,

 

he conocido muchas ciudades y podría haberte olvidado, pero tu amor anida en mis entrañas. Amé a la preciosa Habana, conocí la inmensa y acogedora Madrid, la solidaria Argel, la amiga Bilbao, la fresca y tolerante Barcelona, pasé por la helada Terranova y paseé por la bohemia ciudad de Praga, pero no he encontrado ninguna como tú, que haya robado de esta forma mi corazón.

 

Querida Auserd,

 

me despido de ti con la ilusión de verte pronto abrazarte, y besarte hasta la saciedad, y me gustaría que en cada primavera llevaras unos ramos de lehbalia y los depositaras sobre la rauda [1] de mi abuelo, que descansa en el cementerio en la falda de Buguetalla, y rezaras por todos los que allí dejé de niño.

 

Te quiero,

 

Bahia

 

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[1] Rauda: tumba

 

 

 

 

El Azri. El ocaso del caballero andante de la badia

 

 

Caballero es por sus modales y formas de vivir la vida, sin digamos fuertes tropiezos con la tristeza.

 

El caballero sin escudero y sin yelmo, con una vida que siempre está vinculada con el amor de una mujer en un frig cualquiera. El escenario del caballero se desarrolla en torno a momentos de tranquilidad y sosiego en primavera o el otoño. Buenos años de lluvias para la badia y sus protagonistas.

 

El Azri, término de caballero en singular y Ezara en plural, suelen ser solitarios libres sin ataduras, salvo un encendido amor por una hermosa mujer hasta que se apague y de nuevo cobre fuerza con otra. El mejor tiempo para el azri es lejrif, otoño, o las noches de rabii, primavera, cuando el calor ha mitigado y la vida ofrece su mejor cara en la badia.

 

Ellos saben querer con lucidez en determinadas circunstancias de la vida, sin perder el norte en respeto y admiración hacia la amada y su entorno. El Azri suele ser guapo, alto, inteligente y vividor, poseedor de ese don de la oralidad que le permite memorizar cientos de versos de amor o de gestas legendarias. También en muchas ocasiones el azri compone resonantes versos que cantan la belleza de su amada y los lugares de acampada de ésta y el frig de su familia. Con ellos lajabar itshii fi elhaya [1] , la noticia se extiende entre los firgan [2] , a través de los buscadores de camellos o los pastores jóvenes.

 

El azri para saber de la amada se refugia en la amistad con los pastores de la familia de su doncella y así traza su estrategia para no molestar a los padres o algún familiar entre los más conservadores, que pueden tener cierto recelo.

 

Pero con el tiempo la confianza de la familia se gana con ir y venir frecuentándoles más cada vez, con la excusa de caza de las gacelas o por alguna boda o festejos religiosos, que también son otros motivos para conocer a los padres y se puede crear buen terreno para no hacer ningún daño y ser aceptado por ellos.

 

Es capaz de pasar una noche conversando en voz baja, pausada y cordial con la amada sin tocarla, otra muestra de respeto hacia ella y su familia. Este rasgo es común entre casi todos los jóvenes que velan por mantener unos valores morales que la sociedad inculca para que siempre haya confianza en los hijos tanto chicos como chicas.

 

Las tertulias muchas veces giran al son del ritual té saharaui, siempre acompañado con una amena conversación sobre alguna historia de amor o desamor, suaves risas de complicidad de los asistentes, que suelen ser amigos o familiares de la pretendida.

 

Ocurre a veces que hay otros contrincantes que en ningún momento llegan a enfrentarse por la chica en cuestión. Sí que entre ellos se entabla un enfrentamiento a través de un género en la poesía que se llama ligtaa, en el que cada uno trata de resaltar algún rasgo de nobleza o linaje, bravura o hazañas. También intentan persuadir con su hicalla [3] .

 

En la jaima se recibirá a ambos pretendientes con la misma disciplina y respeto, más bien como huéspedes en la familia que siempre son bienvenidos. Pueden dormir, comer y ayudar en lo que sea sin que molesten dejando siempre espacio de mucha consideración a la familia.

 

La familia de la chica nunca acepta obsequios, por si el azri trae unas cabezas de camellos o algún otro material que implique compromiso, sabiendo que el caballero andante es un hombre de amor pasajero y circunstancial y además es un gesto rechazado en la sociedad.

 

He tenido la suerte de conocer algunos de estos personajes en diferentes etapas de mi vida. Incluso he tenido un tío que fue poeta y caballero andante por la badia, quien culminó toda su vida a los noventa y siete años, sin haber tenido lugar fijo donde establecerse.

 

Fue un gran poeta y viajero recorriendo todo Tiris y el norte del desierto mauritano. Siempre tuvo un buen marcub [4] , dromedario blanco, preferido color para estos dueños de las soledades y la felicidad del desierto.

 

Escuché de mi madre muchas historias sobre él, de sus anécdotas con los beduinos habitantes de Tiris, compartiendo relatos sobre su solitaria vida. Muchas veces mi nombre hace resurgir la temática de su caballeresca historia. Se llamaba Bahia Mohamed El Alem Abdelaziz Awah, con su nombre fui bautizado para hacerle un homenaje, como muestra de respeto y admiración hacia su persona. Esta es una costumbre que se practica en nuestra sociedad cuando se quiere homenajear a un ser querido, ya sea familiar o amigo que impone algún respeto por su generosidad, inteligencia y valentía.

 

El primer año del conflicto con Marruecos Bahia ya llevaba años viviendo como exiliado en Argelia. Cuando los primeros asentamientos de refugiados saharauis se instalaron en Tinduf, Bahia volvió a reunirse con sus sobrinos, mi padre y mi tía, trasladándose al campamento de El Aaiun y allí retomó una poesía más comprometida con la causa, conmovido por la realidad de la situación y las noticias diarias que escuchaba a través de la Radio Nacional saharaui.

 

Pude recoger algunos versos que mi mamá me recitó a través de una comunicación por teléfono desde Argelia y he tratado de trasladar al español de la forma más fiel para no huir del lenguaje y estilo poético de la época, en los primeros años de la guerra, cuando estaba en su punto mas candente.

 

Juró el Sahara (Sahara halfet habús yalmagreb ma tagbadha)

 

Yo, Sahara le juro a Marruecos

que no tengo

nada para su curación.

Y también le juro que de mí

no cortará ningún palo ni mesuac [5]

(...) Cuando ya cumplo mi primer año

de guerra,

esa que tú me has impuesto,

en estos tiempos

ya me están

reconociendo otras naciones

que antes de mí nada sabían.

 

Recuerdo los años ochenta, cuando regresaba de los territorios liberados me acercaba a él para tomar un té charlar y saber de su vida y me decía siempre "cuéntame de los mugatilin [6] , de los duros golpes que están dando a los invasores, he escuchado en la radio que han atacado en la zona tal y que han derrotado a los militares que combaten sin convicción de causa", refiriéndose al ejercito marroquí. Me preguntaba por varios nombres de lugares del territorio que yo a veces conocía y otras no, justificándome con que a ese lugar nunca había llegado o que estaba ocupado detrás de alguno de los muros que Marruecos construyó en los primeros años de la guerra.

 

Mucha de su poesía está registrada oralmente entre algunos miembros de mi familia y también por una comisión que el año de su muerte vino a la familia para recuperar algo de su memoria, sobre todo aquellos poemas que dedicó a la lucha contra Marruecos. Murió el año 1989 cuando contaba con casi noventa y siete años de edad, sin enfermarse en ningún momento. En sus últimos años de vida, repetía siempre una frase "Dios, mátame sin ser carga para nadie y sano" y creo que cumplió ese deseo.

 

Tal vez aún sigan existiendo estos hombres a pesar de las consecuencias de la guerra y las circunstancias de la vida. Pero creo que los últimos aún deambulan en Tiris. En sus blancas sabanas y valles siempre habrá poesía con estos caballeros.

 

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[1] Lajabar itshii fi elhaya: la noticia se extiende entre la gente

[2] Firgan: plural de frig o grupos de jaimas

[3] Hicalla: recitación de sus mejores poemas con referencia a la amada

[4] Marcub: dromedario muy elegante bien adiestrado para montar y hacer largos recorridos. Puede ser blanco, ebiad, o de otro color, ashaal

[5] Mesuac: un palo del ramo de un arbusto llamado atil que sirve para limpiar los dientes con propiedades antisépticas y también le llaman el palo del romance que intercambian los novios en señal de complicidad

[6] Mugatilin: guerrilleros del Polisario.

 

 

 

 

La bondad de la badia y sus viajeros

 

Todo lo que nos haya pasado en nuestra infancia, para recordarlo, nos quedaría ligado a un acontecimiento de nuestras andaduras de hoy. Esta historia la recordé viajando en un tren de largo recorrido Tudela-Madrid. No sé cómo relacioné este recuerdo viajando en este medio de transporte tan alejado de mis raíces, tal vez lo identifiqué con un nómada al que se le habla de un dromedario de montura o se acuerda de sus pasos por esa geografía de sus antepasados. Me fui a la cafetería para tomar algo, miraba el paisaje que me maravillaba recordándome a los que recorrí en mi infancia de la badia.

 

Comencé a recordar mi desierto, placenteros momentos de antiguas páginas de un libro que no acaba por finalizar, historias de un fiel pastor de la badia convertido en un habitante de una de las grandes urbes europeas, Madrid, la ciudad cosmopolita que se ha convertido en mi exilio.

 

Tenía unos trece años, con la madurez de un niño del desierto, aquel verano la familia salía al campo, en nuestro hasania se llama lbadia, con el propósito de alejarse de los núcleos urbanos y sus interminables gastos y ruidos. Estábamos en una zona llamada Legreia, una región de mucha vegetación verde y seca, una de las mejores en pastos de dromedario en los veranos. Muchas dunas formando pequeñas cordilleras con pequeños ríos secos y distantes graras de acacias. Esta región forma parte de Tiris Zemur, límite norte del Zemur blanco.

 

Todos los días junto a otros amigos íbamos a cuidar los dromedarios, que eran la mayoría hembras con sus pequeños, escogidas para dar leche, lejlef. Yo siempre quería cuidarlos porque me entretenía mucho con los preciosos peluches y hermosos hiran. Mientras dormían, los sorprendía y les cogía la cabeza y los besaba antes de que me vieran sus madres. En esa zona abundaban hierbas de nsil, fino y delicioso arbusto de tipo esparto que gusta mucho a los dromedarios.

 

Los grandes pasaban todo el día con la cabeza agachada recogiendo y comiendo con sus hábiles y finos labios las hierbas. Los mas pequeños, con la leche que lactaban de las madres y el nsil que comían, se llenaban en las primeras horas del día y a media jornada solían reunirse jugueteando entre ellos con pequeñas peleas que les llevarían más tarde al sueño. Se quedaban dormidos apoyados en pequeños montículos de arena o en las pequeñas dunas que se forman alrededor de los arbustos como mrcaba, sbaat u otras matas.

 

En ese preciso momento, cuando se alejan de ellos sus madres, me acercaba sin que se dieran cuenta de mi presencia y miraba encantado cómo dormían, me maravillaba verlos roncando y tocarles el fino y suave pelaje que les cubre por la joroba y los brazos delanteros.

 

En ese verano me convertí en un experto pastor de dromedarios. Regresaba siempre por la tarde sin perder ni uno y me fijaba en los lugares de mucho pasto para que por la noche al regreso, en el ordeño, nos dieran abundante leche para toda la familia. No me alejaba mucho del frig porque había bastante pasto en toda la zona.

 

Mi buen cuidado dejaba siempre a mi madre y a mis tíos tranquilos, y para no distraerme con los otros amigos y perder el ganado, me iba solo durante todo el día, con mi shecua [1] y mi trozo de leftir, pan sin levadura. En la hora de la siesta de los dromedarios buscaba la sombra de una acacia que tuviera una buena copa y allí comía y descansaba sin perderlos de vista. Por la tarde siempre me venía a buscar mi padre y me traía zrig, leche fermentada de camella mezclada con agua, por si se me había agotado.

 

 

Un día no llevé provisiones y mi madre me dijo que dejara el ganado cerca y regresara sobre la hora de la comida. Pero aquello me pareció arriesgado por si se me escapaban y no las podía alcanzar. Le dije:

 

- Mamá, tendré que apañarme como pueda, cazar una liebre o un jerbo.

 

Esto último era lo más probable ya que el jerbo abunda en Tiris y es más fácil de cazar. Sin embargo ese día no pude cazar nada y sobre el mediodía, cuando ya estaba descansando bajo una acacia, me di cuenta de la presencia de un dayar [2] , que estaba preparando su comida a la sombra de una acacia, que me quedaba como a un kilómetro de distancia.

 

Me estuve fijando en todo lo que hacía y pensando si me acercaba a tomar con él un té y a charlar, pero no me conformaba con la idea porque no me sentía seguro y no sabía lo que pensaría de mí. Yo no quería que pensara que lo estaba vigilando haciendo su comida y que me había acercado sólo para comer y pedirle algo; el orgullo de mi sociedad, que no saber pedir ni insinuar, me impedía hacerlo.

 

Me quedé toda aquella tarde esperando hasta que se marchó aquel buscador de dromedarios y decidí acercarme a la acacia donde había pasado su acampada o maguil. No tenía intención más que saber qué había hecho aquel hombre, si era un joven, o un hombre mayor, precisiones que debía contar con fidelidad en lajabar, las noticias que comentaría y me preguntarían a mi vuelta de la trashumancia.

 

Tenía la extraña intuición de que iba a encontrar algo que me sorprendería y por eso cuando el dayar recogió su dromedario, lo ensilló y se puso en marcha, decidí acercarme a aquel escenario que estuve viendo toda aquella tarde.

 

Caminé en dirección a aquella acacia y cuando ya estaba allí me fijé que en el lugar donde había preparado su comida todavía se veían muchas brasas en la hoguera, cogí un palo y toqué algo que me pareció enterrado bajo las brasas y mi sorpresa fue una pierna de gacela preparada con mucho cuidado debajo de una finísima y limpia arena. La sacudí sobre unas ramas y la estudié detenidamente dándole varias vueltas, la limpié bien y me senté en la sombra que dejaba la acacia por la tarde, ahí sacié mi apetito con la exquisita y tierna carne de gacela. Y por la noche conté la historia a mi madre a la hora de hacer el té y recibir al pequeño pastor con mimos y comida, comentando las novedades acaecidas de unos y de otros en lefrig. Mi madre me dijo que aquello era la bondad de la badia y sus generosos viajeros, ayuad lard.

 

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[1] Shecua: odre

[2] Dayar: buscador de dromedarios

 

 

 

Lembeidii y su duna

 

 

Culminado un día más de la larga jornada de un dayar de lluvias me detengo del trotar, ya es de noche, mi marcub suelta un sigiloso berrido muestra de su lealtad, esa obediencia que suele ser obra de experto domador. Doy orden a mi dromedario usando el vocablo con el que se entienden los dueños de la badia con sus animales de montura: wtshsh wtshsh wtshsh [1] , él suelta otro berrido que suena fiel y amistoso, y se apoya en sus rodillas delanteras tocando tierra firme.

 

Sobre mi cómoda rahla [2] siento el contacto con el suelo en el que ya están descansando las rodillas del animal, algo suave se nota cuando ya están enfilándose sus robustas rodillas, acomodándose en un mar de sedas. Bajo sujetándome en el garbus [3] de mi montura y mi pie derecho apoyado sobre el harec [4] . Sin soltar lejzama [5] de cuero, riendas bien labradas con trenzas de color blanco, rojo y azul, le enrollo un agaal [6] en una de las rodillas, por si se asusta y se levanta dejándome en la oscuridad y solo, haciendo caso a la habitual prudencia de un nómada que no debe dejar de obedecer las leyes del desierto.

 

Acampo esa noche en un uad [7] de Tiris, cuyo paisaje puedo descubrir más adelante, un lugar de abundante batha [8] , fina, cristalina, suave, arenosa, cálida, con dispersados grupos de acacias donde se percata el fresco olor de su amarilla flor anish [9] . En el uad abunda leña de un arbusto llamado askaf, restos de yamra y saadan, una espinosa hierba deliciosa comestible cuando está verde y espinosa cuando se seca, algo de elguerreima [10] muy verde y extensas superficies de nsil [11] fresco, un auténtico y merecido agasajo en esta noche para mi dromedario.

 

No tengo que buscar el refugio entre los brazos de una murcballa [12] ni de askafalla [13] , sino en una lisa superficie de la arena. Ahí, tras librar el lomo del dromedario de mi rahla, trenzar entre sus patas delanteras elgüeid, recoger su lejzama enrollándola sobre su elegante cuello, le doy una amigable palmada para que se sienta libre y paste esta noche sin alejarse de mí. Estiro mi suave aliuish [14] sobre una superficie que he revisado detenidamente por si hay restos de espinas de talha [15] . Me apresuro a buscar leña y enseguida tengo mi draa de askaf, por no decir una arroba, suficiente para alumbrar y preparar mi comida.

 

De mi tasufra saco las provisiones de esa noche, un pilón de azúcar sólida belga, envuelto en dos papeles, uno blanco y el otro azul, sujetados con dos pequeñas cuerdas, como un legendario caballero andante de la badia, vestido de gala, con dos darraas, blanca y azul, con sus correajes o znaid.

 

Luego extraigo de un saco las caderas de una gacela que he cazado poco antes de ocultarse el sol. Esta noche mi plato es una mreifisa, un pan sin levadura jubsetftur [16] , preparado bajo arena caliente con ligeras brasas por encima, troceado y mezclado con el caldo de la carne y un poquito de aceite, así el manjar del nómada ya está listo.

 

Mientras que se prepara mi cena estoy tomando el segundo vaso del té a la luz de mi modesta hoguera y he de decir que ya con el primero se me ha ido quitando todo el cansancio. Con el segundo, interiorizando mi mundo de nómada y pensando en mil incoherentes historias, hermosas mujeres de la badia, venta, compra, trueques de mercancías de caravanas desde Tombuctú a Gleib El Cabo [17] , me entran ganas de silbar un estribillo con letras de unos versos de un poeta perseguido desde su tierra y muerto en unos montes de Tiris, quien antes de ser ejecutado pidió que le dejasen cantar sus últimos versos:

 

Inevitable lo ya predestinado,

lo escrito es ineludible,

admirados serán estos montes de Sheirug,

precioso es el monte de Gleib Elquirah.

Siento que no estoy solo en esta noche de mi desierto, con la mirada perdida en el horizonte disfruto unos instantes silbando aquellos versos de Sheirug y meditando cómo no dejaron libre al poeta prisionero después de deleitarles con estos hermosos versos. Al terminar mi cena aún me queda tomar la tercera tanda del té que he dejado para después.

 

Acerco mis manos al calor de las reservadas brasas apartadas de la hoguera y miro hacía mi izquierda. Observo que en el horizonte nace una media luna que va cobrando a cada momento más luminosidad, ofreciéndome desde donde estoy sentado poder ver la silueta blanca de mi marcub pastando muy cerca de mí a la luz del gamar [18] .

 

Y con la prudencia habitual de un beduino exploro con mi mirada todo a mi alrededor, aplicando el proverbio saharaui "Laard tuled blaa draa", es decir "los imprevistos de la tierra" [19] . La luna casi está llena, radiante, lúcida. Observo de nuevo fijamente un pequeño relieve que se destaca en el horizonte, justo enfrente de mí sin hacer ningún cambio de ángulo. Ignoro la vecindad de un sujeto principal y referente en la alborada noche de mi gamar sahariano.

 

Pequeño y humilde pero gigante entre los grandes pudiendo ser nada más y nada menos que él mismo, eso es llanamente Lembeidii el magno, el "abrazado por su duna" como ya lo había descrito un poeta.

 

A un verso se puede preguntar, a un poema se puede confundir. Un manuscrito de Badi encontrado en Tiris. Un ignoto lunar en la geografía de Tiris meridional. Un perdido rincón del Paraíso, el apremiado entre los más afortunados para los nómadas del desierto, porque es el nombre de un monte que inspiró al decano de los poetas de Tiris, Badi.

 

Lembeidii es el ingeniado, el innovado, el esculpido, el ideado, el compuesto, el realizado y así es él, por eso su nombre es un poema.

 

¿Pero dónde esta Lembeidii de todos los saharauis? ¿Es ese Lembeidii arropado por una duna y cantado en un poema por Badi Mohamed Salem? No hay más que decir de Lembeidii, ya todo sobre él lo ha dicho el poeta de Tiris,

 

Lembeidii y su duna

yo tanto les quiero, monte, duna

valle y su orientación.

 

Cuando comienzo a rezar ya ha amanecido, inclino la cabeza a mi derecha para concluir la oración. Recito el fin del rezo "saludo a mi derecha y a mi izquierda y a todos los profetas y misioneros" y en esa dirección está mirándome un pequeño monte abrazado por una blanca duna. Son el mismísimo Lembeidii y su duna, varados en el ombligo de Tiris, sin lugar a dudas es otro profeta, otro misionero al que también estoy rezando.

 

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[1] Wtshsh wtshsh wtshsh: vocablo con el que se ordena al dromedario para que se arrodille

[2] Rahla: montura del dromedario.

[3] Garbus: pieza de la montura que separa las piernas del jinete

[4] Harec el extremo delantero donde termina el lomo del dromedario

[5] Lejzama: riendas de cuero

[6] Agaal: cuerda elaborada de fibra de arbustos para detener las patas delanteras del dromedario en situación de arrodillado o en descanso

[7] Uad: río seco con vegetación

[8] Batha: arena fina y cristalina, muy limpia

[9] Anish: flor amarilla muy dulce de las acacias. Los niños y los pequeños corderitos y camellitos la comen

[10] Elguerreima: especie de lechugas salvajes del desierto

[11] Nsil: fina hierba conocida en Tiris de la que se alimentan todos los rumiantes del desierto

[12] Murcballa: arbusto muy tierno y apreciado por los dromedarios

[13] Askafalla: arbusto con alto contenido de sodio apreciado por los dromedarios en invierno

[14] Aliuish: manto de piel del cordero con mucho pelaje

[15] Talha: acacia del desierto

[16] Jubsetftur: típico pan de los nómadas sin levadura y preparado enterrado en tierra caliente

[17] Gleib El Cabo: una montaña en Tiris que lleva el nombre de un cabo español

[18] Gamar: luna. En hasania es de género masculino

[19] "Laard tuled blaa draa": sabio proverbio saharaui que dice la "tierra pare sin ubre" en alusión de los imprevistos que uno no espera hasta que suceden.